Casa dels Estels. Endalt Arquitectes 2025

CASA DELS ESTELS

2020-2025

Fotografías / David Zarzoso

Rehabilitación de una vivienda tradicional en l’Horta Sud, que recupera técnicas vernáculas y materiales originales para proyectar el patrimonio hacia una nueva forma de habitar.

Casa dels Estels. Endalt Arquitectes 2025

Casa dels Estels es una rehabilitación situada en Albal, en la comarca de l’Horta Sud de València. Se trata de una vivienda tradicional de tipología «a una mano», con una estructura longitudinal de doble crujía, escalera central con una media andana, corral y una antigua pallisa. Su composición responde a los principios constructivos y de vida del lugar: sencillez, funcionalidad para la vida rural y adaptación al clima y los recursos disponibles. Tapial, ladrillo macizo, cubierta a dos aguas, vigas de madera y revocos de cal configuran su materialidad original.

El proyecto parte del reconocimiento del valor discreto de este tipo de viviendas características de las comarcas cercanas a la ciudad de València. No busca conservarla de manera acrítica, sino recuperar su esencia y adaptarla a nuevas formas de habitar. Se optó por una rehabilitación profunda, pero respetuosa. La casa presentaba un grave deterioro estructural, especialmente en la cubierta y en algunos volúmenes añadidos sin criterio. Por ello, la intervención se centró en una demolición selectiva, eliminando elementos con graves patologías o distorsionantes como la antigua pallisa y un cuerpo añadido con baño, para restablecer la lógica espacial y lumínica del conjunto.

La reorganización volumétrica permite mejorar la relación entre interior y exterior y aporta ventilación y luz natural a espacios antes en penumbra. El esquema funcional original se respeta, pero se actualiza: se mantiene la entrada para carro, ahora transformada con una escalera metálica ligera que incorpora una piedra reutilizada del patio; la sala principal sigue siendo el corazón de la casa, preservando su atmósfera íntima gracias a los revoltones originales; la cocina, aún en su ubicación tradicional, se abre hacia el patio y se amplía como espacio social.

Uno de los gestos más significativos es la transformación de la media andana, antes dedicada al almacenamiento agrícola, en un espacio de trabajo y lectura. Así, la rehabilitación no sólo reinterpreta los usos tradicionales, sino que los resignifica: el dormitorio principal ocupa ahora el lugar donde descansaban antes los animales, generando una poética conexión entre pasado y presente.

Casa dels Estels. Endalt Arquitectes 2025

La intervención pone especial atención en los materiales, no solo como componentes técnicos, sino como archivos de memoria.

Se reutilizan vigas de madera, ladrillos, azulejos y barro cocido, generando un diálogo entre lo preexistente y lo nuevo. El pavimento del patio y pasillo, por ejemplo, se compone de piezas de barro recuperadas de la cubierta original. En contraste, los azulejos esmaltados nuevos, colocados en cocina, baños y piscina, introducen color y textura, con un cromatismo que remite a elementos del paisaje agrícola: amarillos que se funden con el agua y el cielo evocando las balsas verdes, y verdes que remiten a los zócalos originales.

El resultado es una casa que mantiene su carácter sencillo y discreto, pero que ahora respira contemporaneidad: luminosa, eficiente, viva. No es una reconstrucción nostálgica ni una exaltación del pasado, sino una manera de proyectar el patrimonio hacia el futuro, habitándolo con naturalidad, conciencia material, responsabilidad ambiental y arraigo.

Cuando hablamos de casas sencillas y discretas, pensamos enseguida en una imagen familiar: la de aquellas casas de pueblo que se repiten, con pocas variaciones, por todo nuestro territorio. Las encontramos en los pueblos de l’Horta de València, la Ribera, la Costera o la Safor, y todas comparten una misma estructura, una misma forma de estar en la calle y de organizarse en el interior. Son casas humildes, pero llenas de sentido, fruto de un saber acumulado y transmitido de generación en generación.

Estas casas no son únicas ni originales. Y precisamente por eso tienen valor. Su fuerza reside en la repetición, en la normalidad, en haber sido pensadas como espacios para vivir y trabajar, para criar a los hijos, guardar la cosecha, recibir al vecindario o ver pasar la cabalgata y la procesión. No buscan destacar, sino encajar. Y lo hacen tan bien, que a menudo pasan desapercibidas.

Parece que los maestros de obra de la época trabajaban con una especie de decálogo compartido, no escrito, pero ampliamente reconocido, que dictaba el orden de los espacios: entrada para el carro o la bicicleta, sala de estar, habitación fresca, cocina, acceso al patio y, en el piso superior, la andana para guardar, secar o criar. Esta regularidad no era fruto del capricho, sino del sentido común: construir con lo que había, según lo que funcionaba, con un conocimiento que pasaba de mano en mano.

Casa dels Estels. Endalt Arquitectes 2025
Casa dels Estels. Endalt Arquitectes 2025

Las variantes materiales también nos hablan de la condición económica de cada casa. Algunas están hechas de ladrillo macizo, otras de mampostería de piedra y tierra, y muchas combinan todo lo que se tenía a mano: tapial, muros de barro y cal, entramados de cañizo, madera de pino… Las cubiertas solían ser a dos aguas, con vigas de madera, travesaños y revoltones, o, en las casas más humildes, con cañizo y yeso directamente sobre las vigas. El revestimiento de la fachada, a menudo encalado, protegía y unificaba. En otros casos, se creaba un zócalo en la fachada de la casa, una solución que ofrecía protección y un cierto punto de distinción. La entrada para el carro, con sus dos puertas de madera, es otro elemento característico.

Y luego están las andanas: ese espacio en la planta superior, bajo cubierta, que era a la vez almacén, despensa, secadero y refugio. Un lugar cambiante, que acumula polvo y memoria, y que hoy, en muchos casos, se percibe como un espacio lleno de posibilidades. En nuestras primeras visitas a casas para rehabilitar, la andana siempre es un lugar mágico, muchas veces lleno de cajas de recuerdos, de herramientas… De estos espacios, con permiso de las propietarias, a veces nos llevamos alguna pequeña pieza de cerámica o utensilio que guardamos en el estudio como recuerdo y testigo.

En este contexto se sitúa la Casa dels Estels. Una casa sencilla y discreta, situada en Albal, un pueblo de l’Horta Sud de València, que responde perfectamente al modelo de casa a una mano. Identificamos claramente su tipología: estructura longitudinal con doble crujía, escalera en el centro para acceder a una media andana, entrada ancha para carro y caballo, corral (con limonero) y una antigua pallissa de dos plantas. Una casa construida con materiales tradicionales, con partes de tapial y otras de ladrillo macizo, cubierta a dos aguas.

Las necesidades de las nuevas habitantes, grandes amantes de la cerámica de Sargadelos, aficionadas a la lectura y de marcado carácter mediterráneo, exigían una adaptación respetuosa pero decidida. No se trataba de musealizar la casa ni de conservarla acríticamente, sino de recuperar su carácter esencial y, al mismo tiempo, hacerla habitable conforme a una forma contemporánea de vivir. La casa debía seguir siendo sencilla y discreta, pero también luminosa, eficiente y confortable. Se optimizó la estructura existente, recuperando los elementos más nobles como vigas, revoltones, tapial, y abriendo nuevos huecos con criterio. Se redujeron los espacios de paso, mejorando la ventilación cruzada y la relación con el exterior. La andana, hasta entonces descuidada, se convirtió en un espacio vivo y versátil, con una pequeña ampliación y una parte de la cubierta elevada para ampliar sus posibilidades.

 

Esta casa, como tantas otras, no pedía grandilocuencia, sino respeto. Respeto por lo que fue y por lo que puede seguir siendo. La rehabilitación, en este caso, no quiere transformar, sino revelar. Hacer emerger, entre muros antiguos, una vida nueva que no rompa con el pasado, sino que lo prolongue con naturalidad.

En un momento en que el modelo de vivienda rural tradicional parece condenado al abandono o a la folklorización, proyectos como este demuestran que hay una tercera vía: vivir el patrimonio con normalidad, usarlo, hacerlo crecer. La Casa dels Estels no es una excepción, sino un ejemplo. Un ejemplo de cómo una casa sencilla y discreta puede volver a convertirse en un hogar lleno de vida.

 

La casa que encontramos antes de la rehabilitación era muy humilde. Hacía años que no vivía nadie en ella. Su mantenimiento, desde luego, no había sido el mejor. Esta situación nos obligaba desde el principio a plantear una intervención profunda, que implicaba la demolición de parte de los volúmenes existentes, así como parte de la cubierta principal, muy deteriorada por las humedades constantes en un forjado sin impermeabilización alguna. El conflicto, en este punto, era decidir hasta dónde llevar la demolición: cuánto se puede eliminar del edificio original sin perder su sentido, su alma.

Casa dels Estels. Endalt Arquitectes 2025

Este límite nunca es objetivo; depende de una lectura atenta y respetuosa de los volúmenes existentes. En nuestro caso, la demolición no fue sistemática, sino quirúrgica: eliminamos aquellos elementos que distorsionaban el conjunto con el paso del tiempo, o aquellos que, por razones constructivas o patológicas, impedían la intervención. En la Casa dels Estels, esto nos llevó a eliminar la pallissa, cuyas condiciones materiales no garantizaban su conservación. También se decidió derribar un volumen anexo al edificio principal, que contenía el único baño de la casa, un cuerpo que interrumpía la relación natural entre la zona de día y el patio, construido con materiales pobres y soluciones efímeras.

Este proceso de vaciado nos permitió recuperar la lógica volumétrica original y restablecer el diálogo entre el interior y el exterior, al tiempo que aparecían nuevas relaciones entre cuerpos construidos y vacíos. La luz, ahora, accede a espacios que durante décadas habían permanecido en sombra.

Seguramente sea ese último elemento, la luz, el que más condiciona el programa de la nueva vivienda. Gracias a esta limpieza volumétrica, el esquema funcional original adquiere una nueva vitalidad y se adapta a las exigencias actuales: tanto las normativas como las que derivan de la sensibilidad de una nueva generación. Así, aunque los espacios del volumen principal se conservan casi sin cambios significativos, su significado se transforma por completo.

La entrada se mantiene en su lugar original, casi con el mismo ancho, pero ahora se aprovecha parte del espacio para insertar una escalera metálica diseñada a medida que recupera una gran piedra de rodeno que encontramos en el patio y que, sin alterar la percepción del lugar, optimiza su uso. El salón sigue ocupando el corazón del volumen principal, protegido parcialmente por el forjado del piso superior, que conserva, como antes, una atmósfera recogida e íntima con uno de sus revoltones originales. La cocina también conserva su posición tradicional, en contacto directo con el patio, pero ahora se extiende a lo ancho de la parcela y se proyecta hacia el exterior con una bancada.

Ese pequeño espacio, esa media andana que antiguamente almacenaba la cosecha, estaba vinculada a un mundo rural, de gente de campo, que poco a poco se va perdiendo. Ahora, los oficios han cambiado, y el espacio, que antes servía al trabajo agrícola, recupera esa función laboral, aunque adaptada: donde antes se guardaba grano, ahora se guardan libros; donde antes se deshojaban mazorcas, ahora se corrigen trabajos, se escribe y se hacen cuentas.

El cambio de uso de esta casa habla también de un cambio más profundo en nuestra forma de habitar y entender el mundo. Donde antes descansaban los animales —en las zonas más frescas y bajas, junto al patio o la pallissa, ahora se sitúa el dormitorio principal. Este gesto, más allá de su funcionalidad, encierra una resonancia poética: el espacio que acogía la vida compartida con otras especies se convierte hoy en lugar de descanso humano, como si la memoria de aquellos cuerpos que allí respiraban aún permaneciera, invitándonos a dormir más cerca de la tierra, del silencio, del origen.

Los materiales adquieren un protagonismo inigualable en esta intervención con una clara estrategia, devolver la esencia de la casa aportando un nuevo valor contemporáneo. Las nuevas aportaciones constructivas dialogan con el lenguaje vernáculo: vigas de madera y tableros estructurales que, diferenciándose de los revoltones antiguos, mantienen una continuidad formal y material. Esta voluntad de diálogo se extiende también a los materiales y los acabados. Se busca una coherencia profunda con el entorno, con técnicas de la arquiectura vernácula y criterios de responsabilidad ambiental y sociocultural. Así, se recuperan morteros de cal, cerámicas, madera y ladrillos de barro del derribo. Estas últimas piezas de barro, extraídas de la cubierta desmontada, configuran ahora el pavimento del patio y el pasillo, creando una auténtica alfombra histórica donde los dedos de los artesanos que las fabricaron un siglo atrás dejan una huella visible en la textura.

Este barro cocido dialoga con los azulejos cerámicos esmaltados de baños, cocina, piscina y todapié. Son piezas diversas, heterogéneas que aportan riqueza material y sensorial a cada espacio. El color amarillo se reserva para las zonas húmedas (baño y piscina), donde se funde con el agua para generar una tonalidad verdosa que evoca a las balsas de riego de la huerta. El esmaltado verde, en cambio, se usa para los rodapiés, dignificando este elemento y conectándolo con la memoria del zócalo original, también del mismo color.

Como hemos visto, el proyecto pone especial atención en la reutilización de los materiales existentes y en la selección de soluciones constructivas de alta durabilidad. Se construye desde el respeto, desde la raíz, pero con una mirada puesta en el futuro. No se trata sólo de habitar un espacio, sino de establecer una continuidad con el lugar, con la historia y con los ciclos lentos de la materia. Es una arquitectura que no impone, sino que escucha; que no exhibe, sino que acompaña. Una arquitectura que, como el barro y la cal, se adapta y perdura.